Sus manos irradiaban fuego puro y era como si su contacto quemara mi piel. Su cuerpo desnudo se entrelazaba con el mío que también estaba al descubierto, y los jadeos se hicieron constantes e inparables. El sudor empapaba nuestros rostros, pegando mechones de cabellos a nuestras frentes. Ambas lenguas se movían hasta el cansancio en aquellos lujuriosos besos, dejándonos sin aliento. Miré extasiado a Yamapi y éste se relamió los labios sensualmente. Gemí ante tan tentadora imagen.
-Ya es hora... -anunció con una voz ronca que me hizo derretir.
Yo asentí nervioso, pero la ansiedad hacía que quisiera llegar hasta el final.
-Estoy listo. -aseguré colocándome en la cama con los brazos extendidos.
Él sonrió perversamente y se posicionó entre mis piernas. Un instante después, sentí cómo algo que jamás había sentido en mi interior se introducía con fuerza, haciendo que suelte un grito por la mezcla de placer y dolor. Quería más de esa excitante sensación, por lo que con los ojos cerrados supliqué que siguiera con lo que fuera que estuviera haciendo. Con aquello que encendía cada rincón de mi anatomía y me estaba haciendo alcanzar el paraíso...
Fue justo en ese momento en el que me desperté. Me senté en la cama con un sobresalto y miré a mi alrededor sintiéndome completamente perdido. Definitivamente ese no era mi cuarto, por lo que debía ser el de Yamapi. Pero él no estaba allí. ¿A dónde se había ido? Cuando quise levantarme, sentí algo de dolor en mi entrepierna. Eché un vistazo y solté una maldición. Estaba completamente erecto, aquel sueño erótico me había dejado así. Menos mal que la otra persona no estabapresente porque sino me moriría de la vergüenza...
-Buen día. -murmuró Yamapi al abrir la puerta.
Rapidamente me tapé con las sábanas.
-B-buen día, amor. -saludé intentando esbozar una sonrisa.
Él notó esta actitud algo extraña en mi, pero se limitó a acercarse para darme un dulce beso en los labios.
-¿Cómo dormiste? ¿No te pateé ni nada, verdad? -interrogó riéndose.
-Claro que no me pateaste. -solté una risilla. -Y si lo hiciste no me enteré. Estaba muy cómodo durmiendo abrazado a ti... -acaricié su cabeza tiernamente.
Volvió a besarme pero con más dedicación. Aquello que estaba ocultando bajo las sábanas se movió, emocionado. Di un respingo.
-¿Estás bien? - preguntó separándose bruscamente de mi boca.
-Ssi... -murmuré con la voz algo temblorosa.
Él me miró a los ojos, como intentando descifrar qué me sucedía.
-Hmm... Bueno, bajemos a desayunar para ir a la escuela entonces. -sonrió.
Oh, Dios, eso no era bueno. Aún no volvía a la normalidad y no me daba la cara para confesarle que había tenido ese tipo de sueño con él. Era la primera vez que me ocurría, al menos con otro hombre.
-Estem... Ve tú, yo luego te sigo... -le propuse.
Yamapi me miró extrañado.
-¿Por qué?
¿Y qué le podía decir?
-Es que... Me duele un poco el estómago, creo que... creo que comí de más anoche... -mentí rogando que me creyera.
Rapidamente, llevó sus manos a mi cara y me acarició.
-Te traeré alguna medicina, espérame aquí. -dijo preocupado.
"Ya se la creyó demasiado", pensé.
-No, no te preocupes, Pi, ya me pondré bien...
Pero él ya se había levantado y estaba abriendo la puerta para salir. Me insulté mentalmente. ¡Qué inoportuno era! Volví a espiar y el "problema" tenía un mejor aspecto. Pero aun estaba allí, molestando.
-Idiota. Ikuta Toma, eres un idiota. -mascullé para mi mismo.
-¿Qué, amor? -indagó Yamapi ingresando de nuevo a la habitación.
Por suerte yo ya me había tapado de nuevo.
-Nada, sólo... Sólo me quejaba por el dolor estomacal. -atiné a decir.
Se acercó con un vaso de agua y una pastilla. Sus labios estaban fruncidos dejando notar su preocupación.
-Si tan mal te sientes no podrás ir a la escuela... -observó.
Y de repente, se hizo la luz.
-Quizá... Sí, será mejor que no vaya. -coincidí llevándome la mano al vientre mientras tomaba agua para digerir el remedio.
Lo miré intentando mostrar dolor en mis ojos. Él suspiró.
-Entonces, nos quedamos. -declaró.
-¿Nos quedamos? No, tú debes ir a la escuela. -le reprendí, aunque sabía que él se negaría.
-No quiero ir, me quedaré contigo. -besó mi mejilla.
Bingo. Sabía que ocurriría eso. De esa manera solucionaba dos cosas: 1) Mi incómodo problema. 2) Mis deseos enormes de estar con él sin que nadie nos diga nada.
-Bueno, está bien. Pero no sé si será conveniente contarles a nuestras madres.
-No hace falta. Ryuusei nos ayudará. -tomó su celular y comenzó a escribir un mensaje de texto. -Él nos puede cubrir.
Me reí suavemente.
-Gracias a Dios, tengo un hermano tan genial como él. -sonreí complacido al saber que tenía la victoria asegurada.
domingo, 8 de noviembre de 2009
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