miércoles, 30 de diciembre de 2009

Be loved XVII~

El teléfono sonó. Sabía quién era, no debía ni pensar en correr a atender antes de que alguien lo hiciese, pero me ganaron. La pulguita hermosa me ganó.
Me quedé cerca, aunque ella ni se percató de mi presencia.
- Hola cuñado...-murmuró para que nadie la escuchase.- Ajá, está en la cocina.-comentó enredando el cable del teléfono en su dedo.- Sí, pero... ¿puedo preguntarte algo? -suspiró y habló.- ¿Está bien Ryuusei? Me di cuenta que se avergonzó demasiado, y no creo que sea para tanto.-escuchó la respuesta y sonrió.- Lo sé, he estado hablando mucho con él anoche.-se quedó con la boca abierta unos segundos y luego se rascó la cabeza con la mano libre.- Ehh...-titubeó.- No he tenido, pero no es que me avergüence lo que pasó.-murmuró.- Yo... él me gusta hace mucho.-dijo con voz segura y fruncí el ceño arrepentido, despreciándome por el hecho de haber arruinado su primer beso.- Ajá, gracias. ¡Pi!-gritó y me acerqué corriendo como si nunca hubiese estado parada a metros de ella. Me alcanzó el teléfono.
- Amor, me siento un tonto.-mi hermana me miró extraño pero se fue. Suspiré.- Se lo arruiné.-murmuré.- Su beso, su primer beso, lo arruiné.-mi voz denotaba pena, pero como siempre supo tranquilizarme.- Lo sé, soy muy cuidadoso con ella, que hasta arruino sus momentos importantes y así todo no me odia.-sonreí, cambiamos de tema.- ¿En el parque? Genial, en media hora. Llevo comida.-reí.- Te amo.-dije bajito.- Adiós.
Me vestí y tomé comida que había dejado preparada temprano, suponía que íbamos a almorzar juntos, por lo que unos oniguiris y un poco de tempura, entre otras cosas, estaban guardados en la heladera listos para ser degustados.
Los tomé de allí y los coloqué dentro de un pequeño bolso. Rina se acercó sonriente escondiendo algo en su espalda.
- ¡Pi! -chilló riendo.
- ¿Qué pasa pulguita? -sonreí mirándola.
- ¡Que no soy una pulga! -rió y me hecho perfume en el cuello y el pecho.- Para que lo conquistes más.-me guiñó el ojo. Me reí era una loca, pero así la amaba.
- Gracias mi vida.-le despeiné el cabello y le di un beso en la frente.
Salí de casa, y tras cerrar la puerta, caminé hasta aquel parque en el que prácticamente pasé la mitad de mi infancia. Me senté bajo el mismo árbol en donde siempre nos juntábamos y esperé recostado allí con los ojos cerrados.
Me puse a tararear una melodía, quién sabe cuál era, estaba lo suficientemente perdido viendo los ojos de Toma en mi mente, tratando de memorizar todas sus facciones, su sonrisa, cada marca que hubiese en su piel, todo lo que ya conocía de él, pensando en el sabor de sus besos. ¿Era menta o chocolate? No lo sé, pero era mucho más exquisito que eso, tanto que no había algo con que pudiese compararlo.
Y sentí como unas manos me acomodaba un mechón de cabello que se encontraba sobre mis ojos. Abrí los ojos suavemente y allí lo vi.
- Amor…-murmuré, aún era raro sentirlo así, tan mío.
- Pi…-me sonrió y se acercó a darme un pequeño beso en los labios.- ¿Cómo estás?
- Ahora, perfecto, porque estás conmigo.-sonreí y noté un leve sonrojo en sus mejillas. Me acerqué y besé allí.
- ¿Qué trajiste? -husmeó el pequeño bolso.
- Veo que tienes hambre.-sonreí.
- Si, demasiada, Ryuusei comió todo el desayuno y no me dejó ni una tostada.-bufó enojado, fruncí le ceño pensando en aquel chico pero luego sonreí, iba a intentar confiar en mi amigo, aunque era difícil poder decir que le confiaba a mi hermana.
- Ah…-murmuré simplemente.
Rió suavemente y me codeó.
- Tranquilo, ¡no se la va a comer! Es mi hermano, tu amigo, no es cualquiera.-rió suavemente dándome un suave besito en el pecho.
- Es que no importa quién sea, el hecho es que es mi pequeña.-fruncí el entrecejo.
- Amor, confía en ella.-me sonrió.
- En ella confió, en el que no confió es en Ryuusei.-contesté.
- Él la quiere, no le haría daño.-sonrió.- Si te consuela de algo, Ryuusei es virgen aún.-comentó riendo intentando calmarme y debo decir que lo logró aunque sea un poco.
- Ok.-dije dudoso.- ¿No me mientes verdad? -lo miré.
- No podría amor.-sonrió.
Abrió el bolso sin poder aguantar y mordió un pedazo de onigiri, para luego darme en la boca la otra mitad.
- Uhmm, ¡rico! -chilló agarrando otro.
- Me alegro que te guste amor.
La tarde estuvo lleno de delicias, ninguna preparada por mí, únicamente sus besos.

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